Psicóloga perinatal, madre, y la prueba viviente de que saberlo todo sobre el posparto no te libra de comértelo entero.
Que el cansancio extremo era «normal». Que la tristeza venía en el pack. Que la culpa se llevaba como se podía. Y que esa sensación de que algo en mí no estaba bien era, simplemente, ser madre.
Y mira que yo venía avisada. Llevaba años acompañando a madres en consulta antes de tener a la mía. Pensaba que sabía. Sabía la mitad.
Porque la mía fue una maternidad buscada con todo. Deseada durante años, peleada intento a intento. Y aun así, cuando por fin llegó, caí.
Tuve una depresión posparto. La escribo con todas sus letras porque en consulta veo a madres tardar meses en pronunciarla, así que empecemos por ahí: se puede decir. No era capaz de disfrutar de nada — ni de mi hija, ni de mi familia, ni de eso que tanto había deseado. Todo me parecía una amenaza. Y encima me sabía la teoría con notas al pie, que es una forma especialmente absurda de pasarlo mal.
Pedí ayuda. Hice terapia. Y hubo un paso que me dio vértigo de verdad: necesité también medicación, con psiquiatra. Yo. La psicóloga. Me resistí más de lo que me gusta admitir — los mismos prejuicios que desmonto en consulta, puestos en fila delante de mí. Al cajón del nunca jamás tuvieron que irse también los míos.
Salí. No de golpe y no sola: con el contexto correcto. Terapia, tratamiento el tiempo que hizo falta y gente que sostuvo lo que yo no podía sostener. Hoy estoy bien. Bien de verdad, no de «ya se me pasó»: con mi calma, con mi hija, con una vida en la que yo también existo. Y con algo que antes no tenía: la certeza, vivida en primera persona, de que de esto se sale.
Dos cosas aprendí ahí, y hoy son la raíz de mi trabajo:
Saber lo que te pasa no te protege de pasarlo. Desearlo con toda tu alma, tampoco.
Y pedir ayuda —toda la que haga falta, de la que haga falta— no es el plan B de las que no pueden. Es el plan A de las que quieren salir.
No acompaño desde la teoría. Acompaño desde haber estado exactamente donde muchas madres están hoy: llorando en silencio, sintiendo culpa incluso cuando lo intentaba todo, queriendo disfrutar sin poder, amando muchísimo y sintiéndome desbordada a la vez. ¿Se puede querer a tu hija con locura y estar fatal? Se puede. La duda ofende.
Por eso mi trabajo no es decirte que aguantes más. Es ayudarte a volver a ti: a tu calma, a tu identidad, a tu seguridad, a una vida en la que tú también existas dentro de todo lo que sostienes.
Psicóloga General Sanitaria · Colegiada R-00869. Formada en el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, con Ibone Olza. Más de seis años acompañando a madres en consulta individual y en grupo. Más de 500 madres acompañadas. 9,43 sobre 10 de satisfacción media. 0 % de devoluciones.
Y un dato que no sale en ningún título: mi hija se llama Dalia. Este espacio lleva su nombre porque nació con ella — cuando descubrí, sabiendo todo lo que sé, que saberlo no era suficiente. Eso cambió cómo trabajo.
Porque a las madres les falta un espacio donde respirar sin culpa, hablar sin miedo, volver a sí mismas y ser vistas como mujeres completas — no solo como «la mamá de».
LOTO es el espacio que a mí me habría gustado encontrar. Como no existía, lo construí. Y hoy existe para que tú no tengas que atravesar este camino sola.
Si has llegado hasta aquí abajo, algo te ha sonado a lo tuyo. Lo que llevas cargando tiene nombre y tiene una forma concreta de trabajarse — eso es lo que hacemos juntas. Acompaño sobre todo a madres que trabajan o están a punto de volver: las que por fuera «llegan a todo» y por dentro hace meses que no se reconocen.
Si quieres, lo miramos en una llamada. Y si todavía no es tu momento, también está bien: aquí sigo.